Críticas


Crítica: Victoriano Cremer – Crítico de Arte – Premio Nacional de Poesía “Leopoldo Panero” y Premio “Ondas” a la mejor labor periodística en la Radio

Hay en la pintura de Félix González, un gozo creador, tan íntimo y tan contagioso también, que obliga al espectador a un ceremonial de colaboración sentimental. O mejor, de entrega alborozadamente emocional, como si aquel paisaje, tan bullicioso pese al dominio del color; tan impregnado de ternura, por más que áspero en una primera mirada; o como si aquellos objetos, aquellos seres acudieran a la cita del pintor en cumplimiento de un rito.

Toda la Naturaleza a la cual atiende conmovidamente el pintor, trasciende, se impone, y no precisamente porque el “cocinamiento” de la materia, la sabiduría técnica evidente, el dibujismo preciso y alentador se imponga sobre cualquier otra sugestión, sino precisamente porque todos esos medios de expresión: la materia, la técnica, la forma, el color, la perfecta composición, actúan en función de una emoción que transcurre o discurre por el cuadro como un agua subterránea, otorgándole frescura y pálpito.

El pormenor de su formulación, lo que Campoy llama “un mundo en miniatura magnificado”, inevitablemente nos empuja a inquirir el proceso de la creación de Félix González, como si por dejarnos suelto uno de los sutiles hilos de composición se nos pudiera perder la magnificencia de la totalidad.

Y es, pienso yo, porque el pintor, alevosamente, nos tiende una trampa, nos obliga a seguir la ruta creadora a través de todas y cada una de sus menciones.

La fastuosidad de su paisajismo, la serena originalidad de sus bodegones, la inefable comunicación de sus figuras, todo ello está tejido cuidadosamente, minuciosamente, amorosamente, emocionalmente. Dicurrir por esta pintura es como sentirse trasladado y traspasado a otro mundo de inocencia y de perfecciones.

VICTORIANO CREMER

GALERIA BIOSCA – Junio 1988


Crítica: A.M.Campoy (A.B.C.)

FELIX GONZALEZ ó el nuevo realismo poético.

<<Lo real sólo sirve para construir, mejor o peor, un poco de ideal. Acaso no sirva para otra cosa.>> Anatole France

La obra de Félix González nos sirve, entre otras cosas, para traer a sus justos términos, reactualizándolo, el saludable debate alrededor del realismo poético, planteado ya en tiempos de Franz Roh  -primer tercio de este siglo-, aunque entonces se quisiera llamar “realismo mágico”. El realismo poético se ha entendido principalmente como una reacción de la belleza estática contra una dinámica colorista. Frente a las estéticas dionisiacas de lo fauve, el realismo poético despliega la sobriedad de su purismo, “realizado –dice Franz Roh_ fríamente mediante una capa delgada de color, como metal bruñido, borrando la factura en busca de la objeción y de la purificación armónica de los objetos”.

Roh prefería la palabra “mágico” a la palabra “poético”, queriendo indicar “con la palabra mágico, en oposición a místico, que el misterio no desciende al mundo representado, sino que se esconde y palpita tras él”. Hoy no sería demasiado definidor, ni orientador siquiera, el término “mágico”, pues aludiría sobre todo a esa pintura entre ingenua y surreal que va desde Henri Rousseau a Joan Miró, con todas sus implicaciones instintivas, oníricas e irracionales.

El término “poético” cuadra más exactamente al realismo, de manera casi redundante, pues, como dice Unamuno, “nada que no sea verdad puede ser de veras poético”.

Pero esa verdad no puede ser literal, es decir, no se trata en el realismo poético actual de representar objetivamente las cosas, menester que ya consumó el naturalismo. El realismo nuevo, mejor entendido como “realismo poético” que como “hiperralismo”, en vez de proponerse la representación literal de las cosas lo que hace es seleccionar los temas que interesan, mezclándolos si es preciso, con lo que su divorcio del realismo fotográfico es total. Félix González lleva a cabo en su innovación paisajística esta subjetivación de lo objetivo: introduce en el paisaje elementos humanos no dados objetivamente en él. Su intención es puramente poética: ni la mera realidad objetiva, ni tampoco la vida como mecanismo ideológico. El llamado realismo social es, quiérase o no, la antesala de ese menester de propaganda llamado “realismo socialista”, en el que, como propugnó Zhdánov, ha de representarse “la sociedad en su evolución revolucionaria”.

No hay propósito utilitario en Félix González. Su obra no se programa en atención a una, llamémosla así, estética partidista. No ha en esta obra más que una búsqueda de la realidad menos contaminada por la ideología, una suerte de humanismo cotidiano que enlaza con el mundo pulcro y pormenorizado de los primitivos, perdido en la batalla que ganaron las opulencias retóricas del Renacimiento. Hay en Félix González, en efecto, “la dulce minuciosidad del gótico”, mundo en miniatura magnificado por los ojos que lo descubren como un paraíso en el que olvidar la soberbia siniestra de la técnica del siglo XX. En este sentido, por qué no, puede halarse de evasión, de fuga a mundos imaginarios, pero que en este caso no son lucubraciones de la fantasía -como Henri Rousseau- ni mágicos automatismos de la sensibilidad colorista -como en Joan Miró-, ni siquiera un regreso pueril a la fiesta de un tiempo pasado -que eso es el mundo naif-, sino una evasión a la realidad.

La de Félix González está en un entorno familiar (esas castas criaturas que pinta) y en la naturaleza (los paisajes esos que detalla tan amorosamente), también en las humildes cosas que prolongan en nuestra vida las sagradas nociones de lo elemental (esos bodegones de luminosa esponjosidad tan aséptica). Hay una voluntad de identificar en unas mismas imágenes el mundo exterior y el mundo interior, con lo que se corrobora su antinaturalismo. Los hiperrealistas hacen todo lo contrario, pues su afán de testimonio literal los aproxima extemporáneamente a los naturalistas del siglo XIX. Un lenguaje paciente y sereno organiza estos cuadros de humanismo sentido.

Nace en esta exposición un pintor verdaderamente considerable, digno de la mayor consideración. Nace, es decir: viene de sus orígenes, se muestra idéntico a sí mismo ya, originalmente. No hay nacimiento espontáneo, y este nacer hoy un gran pintor quiere decir que se corrobora plenamente ya ante nosotros. Su aportación a esta gran corriente de la pintura contemporánea que se conoce por “realismo poético” es, a mi juicio, definitiva.

A.     M. CAMPOY. (A.B.C.)

GALERIA BIOSCA. Junio 1983

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